Hay algo que suele pasar antes de cualquier informe, prueba o diagnóstico:
una intuición.
No aparece de golpe.
Es más bien una suma de pequeñas cosas.
Momentos en los que miras a tu hijo y piensas: aquí pasa algo.
No porque sea mejor.
No porque vaya por delante.
Sino porque va diferente.
«Si juzgas a un pez por su habilidad para trepar a un árbol, vivirá toda su vida creyendo que es un inútil.”
Albert Einstein
Identificar las altas capacidades no es tan evidente como muchas veces se cree.
No todos los niños sacan sobresalientes.
No todos son tranquilos, ordenados o “fáciles” en el aula.
De hecho, muchos hacen justo lo contrario.


A veces son niños que se aburren con facilidad.
Que parecen despistados, pero en realidad están pensando en algo mucho más complejo.
Que se frustran rápido cuando algo no les reta o no tiene sentido para ellos.
A veces esta frustración aparece en situaciones muy concretas.
Por ejemplo, al aprender a montar en bicicleta.
Muchos niños con altas capacidades se suben, se caen un par de veces… y dejan de querer hacerlo.
No porque no puedan, sino porque no están acostumbrados a sentirse incompetentes y esa actividad no conecta con sus habilidades.
Hay niños que preguntan sin parar.
Otros que dejan de hacerlo porque ya han aprendido que no hay tiempo para tantas preguntas.
Algunos tienen un lenguaje muy avanzado desde pequeños.
Otros sorprenden con razonamientos que no encajan con su edad, aunque en clase pasen desapercibidos.
También es frecuente una sensibilidad especial.
Sienten todo más.
Se emocionan más, se enfadan más, se preocupan más.
Perciben detalles que otros pasan por alto.
Y eso, muchas veces, les desborda.
No es que sean exagerados.
Es que viven con una intensidad mayor: piensan rápido, sienten profundo y se implican mucho en lo que les importa.
Cuando algo les entusiasma, se entregan por completo.
Y cuando algo no encaja, lo viven con la misma intensidad.
Si te preguntas cómo puedes empezar a identificar si tu hijo tiene altas capacidades, quizá no haga falta mirar tan lejos.
A veces basta con observar con calma.
Por ejemplo:
- ¿Aprende muy rápido cuando algo le interesa, pero se desconecta por completo cuando no?
- ¿Necesita entender el por qué de las cosas y no acepta bien las respuestas cerradas?
- ¿Se aburre con tareas repetitivas o demasiado mecánicas?
- ¿Tiene intereses intensos y profundos para su edad?
- ¿Sientes que el colegio se le queda pequeño, no por falta de nivel, sino por falta de estímulo?
Y hay una señal que muchas familias comparten, aunque cuesta poner en palabras:
la sensación de que tu hijo no está disfrutando de aprender.
Cumple. Va. Hace lo que toca.
Pero algo se apaga.
Identificar altas capacidades no va de poner etiquetas ni de adelantarse a nada.
No va de compararlo con otros niños.
Va de entender cómo funciona su cabeza, qué necesita para estar bien, qué le motiva y qué le frena.
Porque cuando estas diferencias no se comprenden en la infancia, muchas personas crecen sintiendo que no encajan, que son ‘intensitas’ o ‘raras’, sin entender qué les pasa.
Y esa sensación, con los años, puede convertirse en frustración o desconexión con uno mismo.
Buscar información, orientación o acompañamiento no es exagerar.
No es crear un problema donde no lo hay.
Es intentar comprender mejor para acompañar mejor.
Y algo importante: tener altas capacidades no significa que todo sea fácil. Muchas veces implica justo lo contrario. Por eso estos niños no solo necesitan retos cognitivos. Necesitan sentirse comprendidos, validados, acompañados.
Necesitan saber que no están solos.
Que hay otros niños que sienten como ellos.
Que lo que les pasa tiene sentido.
Si al leer esto algo te ha resonado, confía en esa sensación. No para sacar conclusiones rápidas, sino para empezar a mirar a tu hijo con otros ojos.
Porque cuando un niño se siente entendido, cambia su manera de estar en el mundo.
Y cuando una familia se siente acompañada, todo pesa un poco menos.

